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Zaragoza   sábado, 23 de septiembre de 2017
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Historia del Procurador

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Detalle de una foto de antiguos Colegiados



    





      I - Del Procurador al Personero


    Sería conveniente dejar sentado en este apartado inicial qué es y qué labor desempeña el procurador, para después extenderse en una visión histórica que abarque desde el nacimiento hasta la consolidación de esta figura jurídica. Según el María Moliner, "procurar" deriva del latín procurare, de curare, de cura o cuidado. Para el D.R.A.E., procurador o procurator es la persona que, con la necesaria habilitación legal, ejerce ante los tribunales la representación de cada interesado en un juicio. Tal representación debe ser entendida en sentido lato, ya que no sólo se trata de una representación física en ciertos trámites jurídicos, sino que incluye la asistencia técnica al abogado en pos de la defensa de los intereses de un cliente común, así como la asistencia y consejo al propio cliente.

El fenómeno de la representación en juicio y con él el "oficio" de procurador , nace en Roma gracias al advenimiento del sistema formulario y el aparcamiento de anteriores métodos consuetudinarios en la aplicación de la Justicia. Aparece en el seno del Derecho Romano, dato que avala en buena medida su desarrollo y firme implantación a lo largo de los siglos, y se alía desde un primer momento con el concepto de representación procesal, uso jurídico en el que entronca la función técnica del procurador.

Ya en España, el Derecho Visigótico da luz al Liber Iudiciorum, reunión de leyes visigóticas promulgadas por Recesvinto en el año 654. En él se establecía como voluntario el recurso al procurador, excepto para el rey, el príncipe y los obispos, con la intención de que su autoridad no minara en exceso la equidad de los jueces y el desarrollo del proceso. Algo más tarde, en la España musulmana, el Libro de Aljoxaní establece que la delegación en el procurador sólo es posible para personas de alto rango en la escala social, idea sustentada en una filosofía similar a la del caso anterior.

Durante la baja Edad Media, el predominio de juicios populares hacia innecesaria la presencia del procurador, y deberán transcurrir varias centurias hasta que, llegado el siglo XIII "la franca recepción del Derecho romano y la creciente influencia social y política de los juristas - patente en las monarquías de Fernando III y Alfonso X - van estableciendo un orden judicial en el que la cultura y la técnica jurídicas están llamadas a ejercer un papel descollante". En el Fuero Juzgo, versión romance del Liber Iudiciorum, que manda traducir Fernando III, aparece el término personero descendiente directo del anterior procurator, y a él se le dedica el título III del Libro II, "De los mandadores e de las cosas que manden". Sin embargo, las atribuciones del cargo no se perfilan con nitidez, y si en ocasiones aparece como la persona que en pleito responde por otra, o como el mandadero del señor en el pleito (de ahí la leyenda del título), en otras lo hará como encargado de presentar el escrito de querella ante el juez. Pese a esta cierta ambigüedad, queda claramente establecida la posibilidad de actuar en juicio en representación de un tercero, si bien "el daño y el provecho del pleyto deven pertenezer a aquél que metió el personero" (Ley VII).

Posteriormente surgen en el entorno del Rey Sabio dos libros que reglamentan la representación procesal; el Fuero Real, y las Partidas. El Fuero Real trata "De los personeros" en su Libro I, título X, compuesto de diecinueve leyes, y define a éste como la persona designada "por las partes que han pleyto si no quisieren o no pudieren por si venir al pleyto", de donde se deduce la preeminencia dada por el texto legal al concepto de representación. Pero será en las Partidas donde se asienta de forma casi definitiva la figura del procurador. Nos detenemos en "De los personeros", título V de la Tercera Partida, compuesto por veintisiete leyes. En esencia, se le define diciendo que "es aquel que racabda (garantiza) o faze algunos pleytos o cosas agenas, por mandado del dueño dellas", y explica la razón del nombre "e ha nome de personero por que paresce (comparece) o está en juycio, o fuera del, en lugar de la persona de otri". El personero actúa "por mandado del dueño", pero además se le distingue una doble función; de un lado la representación procesal, ya "que recabda o face algunos pleytos... en lugar de la persona de otri", aludiéndose así a las funciones de garantía, al comparecer o estar en el proceso, y de otro la función extraprocesal "face algunos pleytos o cosas agenas... en juycio, o fuera del". Otro aspecto significativo afecta al hecho de que la relación entre mandante y procurador se vincula a través de un testimonio documental: "el procurador, como mandatario, precisa encargo del mandante, que se plasma en un documento, el cual recibe diversos nombres, como "mandato", "carta de personería" o "poder". Una vez aceptado el poder, el procurador está obligado a seguir el juicio, salvo en caso de que concurran al mismo circunstancias excepcionales. A modo de conclusión podemos señalar que aspectos como los antes mencionados harán del código legislativo alfonsino el lugar en el que se consolidará de forma definitiva la figura del procurador, distinguiendo y afianzando la separación entre la defensa y la representación, esto es, entre el advocator (abogado) y el personero (procurador), en un proceso que continuará su desarrollo en los siglos posteriores


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